Opinión

Turismo… Nada en exceso

GUILLEM LÓPEZ CASASNOVAS

Turistes mirant un creuer des d'un mirador del port de Maó. Menorca
Turistas mirando un crucero desde un mirador del puerto de Maó ©Lluc Julià

Abre la edición de Noticias locales con el título «Baleares encabeza la llegada de turistas». Lo comenta la presentadora con una amplia sonrisa de satisfacción. Sigue: «Y, así, las Islas lideran el crecimiento interanual del PIB de entre todas las Comunidades españolas». Acompañan la noticia las declaraciones de un restaurador satisfecho: «Los turistas gastan menos, pero, como hay tantos, acabamos cumpliendo el objetivo de volumen de negocio». Podríamos seguir. Es el juego de los disparates.

Más no es mejor

La inconsciencia colectiva ante esto que sucede en nuestra economía es muy grande. En realidad, lo que nos dice la periodista son malas noticias, disfrazadas de supuestos «éxitos». Los isleños no deberían querer, a estas alturas, crecer más en cantidades y volúmenes absolutos. Nos interesa la evolución relativa de nuestra capacidad de generar riqueza y bienestar, no la total. «Menos» es, hoy, el objetivo si aspiramos a mejorar el tipo de turismo que nos conviene. Hay que decir basta, también, a la estupidez de valorar la situación económica a través de la tasa de crecimiento del PIB. En todo caso, debemos referirnos a la variación del PIB «per cápita», no a la del PIB global; es decir, habiendo considerado los incrementos de la población, total, activa y ocupada, asociada a aquella renta. Además, conviene ser conscientes de que el PIB, para una economía, no lo es todo. La cuantificación del PIB deja demasiadas cosas fuera como para poder ser considerado un indicador de bienestar; lo será, en todo caso, la capacidad adquisitiva real que esa renta proporcione a las familias, una vez cubiertas las necesidades básicas para mantener una vida mínimamente digna. Y, en todo caso, importa la productividad con la que se consigue esa renta: el valor añadido que alcanzamos por cada hora de trabajo ocupado. Vistas desde esta óptica, todas las noticias anteriores deberían expresarse con preocupación, y no con satisfacción. Al menos para quienes pensamos que la economía interesa si beneficia a la mayoría de la gente.

Los isleños no deberían querer, a estas alturas, crecer más en cantidades y volúmenes absolutos. Nos interesa la evolución relativa de nuestra capacidad de generar riqueza y bienestar, no la total.

Empecemos, así, a preguntarnos, como sociedad, cuál es el retorno para los isleños de los «éxitos» turísticos: salvar año tras año la balanza de servicios de España y generar plusvalías que benefician a unos pocos. Unos se llevan las divisas, y los otros, los residuos y los efectos de la sobreutilización del territorio. Unas pobres rentas reales alimentan la demanda de la mano de obra más precaria, y los excedentes empresariales se reubican quién sabe dónde; a menudo fuera del país, cuando las limitaciones insulares ya no dan para más. Más vale tener turismo, obviamente, que no tenerlo; pero tener mucho es peligroso, ya que acaba comiéndoselo todo, con una calidad cada vez menor. La economía de los servicios padece dos enfermedades: la que se denomina «de Baumol» (las dificultades para mejorar la productividad en servicios intensivos en mano de obra), y la conocida como «enfermedad holandesa» (un sector económico, aquí el turismo, acaba fagocitándolo todo). Y, hasta ahora, la inmigración y unos salarios cada vez más precarios han sido su tratamiento paliativo; sin futuro, sin embargo, sin un cambio de modelo ni de estilo de vida.

Nada en exceso

“Ne quid nimis” (nada en exceso) es una norma de conducta inscrita en el frontón del Templo de Apolo en Delfos, en Grecia. Una norma que debería aplicarse a muchas de las conductas humanas, y que en este momento parece especialmente indicada para abordar la compleja problemática del turismo. Sus «excesos» son hoy más que evidentes, y empieza a producirse una fuerte reacción a través de movimientos contrarios, potencialmente explosivos.

Y es que la recuperación de la movilidad pospandemia, el turismo «de ciudad» impulsado por las infinitas conexiones de vuelos low cost, la masificación de los megacruceros y el turismo de Instagram que colapsa los lugares «instagrameables» arruinan lugares antes idílicos, con la consiguiente preocupación de los residentes, y afectan a la convivencia y a la calidad de vida. Un fenómeno, sin duda, global, impulsado por las «facilidades» digitales, del que casi nadie escapa, pero que resulta especialmente preocupante en España (el segundo destino turístico del mundo), y más concretamente en las islas, dadas sus características insulares.

¿Qué se puede hacer?

Cuando una actividad es responsable directa o indirectamente de más del 80 % del PIB y del empleo (el llamado monocultivo turístico), genera una espiral destructiva en su retroalimentación y dificulta hacer entender que «menos puede ser mejor». Entonces, cualquier propuesta de reconducción se vuelve controvertida y contestada por los diferentes actores, con motivaciones distintas. Las voces de estos son más poderosas, aunque representen a una parte menor de la sociedad —ya que corresponden a quienes directamente se juegan sus rentas—, frente a las de quienes defienden las cosas que son de todos (territorio, naturaleza, las generaciones futuras), pero que no son de nadie en particular. Y pueden acabar siendo acogidas por posiciones políticas «extremas», bien por quienes propugnan que sea el libre mercado quien regule la demanda y la oferta o, por el contrario, por quienes creen que el «decrecimiento» es la única solución, sin matizar si se refieren a vivir con menos renta o con menos turismo.

La dificultad de acceso a la vivienda, el incremento del coste de la vida, el colapso circulatorio, la degradación de los espacios naturales, el empobrecimiento de los servicios sanitarios, y un largo etcétera, son realidades que exigen tomar medidas de forma inmediata, ante un número de turistas que no deja de crecer (pronto, 20 millones) y una población estable que ha crecido más que en ninguna otra Comunidad para atender esta demanda de servicios (medio millón de habitantes más en 20 años).

Una Comunidad que ha visto cómo su PIB per cápita pasaba de la segunda a la sexta posición y que no ve compensada su contribución a la economía estatal con el apoyo de la financiación autonómica, que debería permitir al Gobierno balear paliar los estragos de aquella manera de producir.

Conscientes de la enorme dificultad de proponer y llevar a cabo medidas correctoras, querríamos aportar, desde la lógica económica, algunas ideas:

  • Ante una demanda privada infinita (globalización y deseo de viajar) y una oferta desenfrenada (vuelos low cost, cruceros gigantes, apartamentos turísticos —legales o no—, plataformas digitales, flota de vehículos de alquiler, etc.), el colapso está garantizado, y no podemos esperar que el mercado se autorregule, ya que está plenamente demostrado que eso no sucede.
  • Los grandes problemas suelen tener soluciones simples, y aquí la solución es actuar con decisión y energía sobre la oferta; limitarla y buscar un crecimiento inteligente a partir de la idea de que «menos es mejor», o que, en todo caso, más es peor. Necesitamos un menor número de turistas y un mayor gasto por visitante, arraigado al máximo en la economía de proximidad, y con una estrategia que desincentive el turismo durante los meses punta.

A continuación, se proponen algunas medidas concretas:

  • Limitación del número de apartamentos turísticos y persecución de los ilegales, a riesgo de perder alguna economía local y en beneficio de deflactar la demanda residencial para los autóctonos.
  • Restringir el número de vuelos durante los meses de junio, julio y agosto; los 50.000 mensuales —más de un vuelo por minuto— actuales son una aberración. AENA debe servir también a los intereses del país, y no solo a los de sus accionistas.
  • Frenar el número de megacruceros (3 al día, en Palma, parecen incluso excesivos).
  • Moratoria a las plazas hoteleras: solo amortizaciones con subida de nivel.
  • Constreñir el número de vehículos de alquiler y reforzar el transporte público.
  • Tasas especiales verdaderamente disuasorias (las actuales parecen irrisorias) sobre todo el abanico de actuaciones anteriores, y con ingresos que se destinen realmente a paliar los problemas que hoy se derivan de ellas (medio ambiente, infraestructuras, movilidad, sanidad y vivienda), basándose en el principio de que quien contamina paga, o que quien causa las externalidades negativas debe asumir sus consecuencias.

Sin duda, AENA, la Autoridad Portuaria del Estado, el Gobierno Central y Bruselas pondrán sus cautelas sobre las medidas limitadoras, que no serán del gusto de todos (¡no pueden serlo!), pero parece que no hay otro remedio que intentarlo, ahora o nunca, si no queremos matar a la que hasta ahora parecía ser la «gallina de los huevos de oro».


Este artículo fue publicado en el diario Última Hora, en noviembre de 2024, junto con X. Mir de la Fuente, y forma parte del libro L’economia de Menorca. Els anys que hem viscut perillosament (2020-2025). Guillem López Casasnovas. Institut Menorquí d’Estudis (IME) y Edicions Documenta Balear. 2025.

L’AUTOR
Guillem López Casasnovas
ees un reconocido economista y catedrático de la Universidad Pompeu Fabra (UPF) de Barcelona. Está especializado en el ámbito de la eficiencia del sector público, la financiación sanitaria, los balances fiscales y el gasto social.

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